Marcos 1:3 "Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; Enderezad sus sendas."
Marcos 1:3 "Voz del que clama en el desierto: Preparad el caminodel Señor; Enderezad sus sendas."
ENSEÑANZAS NOV./14

EL SIGNIFICADO DE CONSAGRARSE A DIOS

Que significa consagrarse a Dios, que implica y que aspectos de la vida cambian con la consagración a Dios? basándonos en que Él nos ha comprado, nos separamos de todo lo demás y vivimos, a partir de ese momento, por Él y para Él.
Ser constreñidos por el amor del Señor o reconocer Su derecho legal sobre nosotros no equivale a consagrarse; más bien, después de ser constreñido por Su amor y reconocer el derecho que Él tiene sobre uno, uno tiene que dar otro paso adicional, el cual lo llevará a una nueva posición.
Debido a que el Señor nos constriñe con Su amor y basándonos en que Él nos ha comprado, nos separamos de todo lo demás y vivimos, a partir de ese momento, por Él y para Él.
En esto consiste la consagración. Algunas versiones traducen la palabra consagración en algunos pasajes del Antiguo Testamento como “recibir el servicio santo”. Recibir este servicio santo significa recibir el ministerio de servir a Dios.
Este es el servicio santo, esto es la consagración. Recibir el ministerio de servir a Dios es declararle al Señor: “Hoy me separo de todo para servirte, porque Tú me has amado”.

UNA PERSONA CONSAGRADA
Después de leer Éxodo 28:1-2 y 29:1, 4, 9-10, vemos que la consagración es algo muy especial. Israel fue la nación escogida por Dios (19:5-6), pero no llegó a ser una nación consagrada. Si bien Israel estaba compuesto por doce tribus, no todas ellas recibieron el servicio santo: sólo la tribu de Leví recibió tal servicio.

La tribu de Leví fue escogida por Dios (Nm. 3:11-13); sin embargo, no toda la tribu estaba consagrada, ya que entre los levitas, sólo se asignó el servicio santo a la casa de Aarón. El servicio santo no se les fue dado a todos los israelitas, ni tampoco a todos los levitas, sino a la casa de Aarón.

Ella fue la única que recibió el servicio santo. Así que, para poder consagrarse, uno tenía que pertenecer a esta casa. Sólo los miembros de la casa de Aarón eran aptos para ser sacerdotes y para consagrarse a Dios. Damos gracias a Dios que hoy nosotros somos los miembros de esta casa. Todo aquel que cree en el Señor es miembro de esta familia.

Todo aquel que ha sido salvo por gracia es sacerdote (Ap. 1:5-6). Dios nos escogió para que fuésemos sacerdotes. Al principio, sólo los miembros de la casa de Aarón podían consagrarse, y si alguien que no pertenecía a esta casa se acercaba al Lugar Santísimo, moría (Nm. 18:7).
Debemos recordar que sólo aquellos que son escogidos por Dios como sacerdotes pueden consagrarse a Dios. Así que, únicamente los miembros que pertenecen a dicha familia podían consagrarse.

Hoy, Dios nos ha escogido para ser sacerdotes; por consiguiente, somos miembros de esta casa y somos aptos para consagrarnos. De esto podemos ver que el hombre no se consagra porque él haya escogido a Dios, sino porque Dios lo ha escogido a él y lo ha llamado.

Aquellos que piensan que le están haciendo un favor a Dios por el hecho de haberlo dejado todo son advenedizos; realmente no se han consagrado. Debemos darnos cuenta de que nuestro servicio a Dios no es un favor que le hacemos a Él ni una expresión de bondad para con Él.

No tiene que ver con que nos ofrezcamos voluntariamente para la obra de Dios, sino que Dios nos ha concedido Su gracia, dándonos una porción en Su obra y así, concediéndonos tal honra y hermosura.

La Biblia afirma que las vestiduras sagradas de los sacerdotes les daban honra y hermosura (Éx. 28:2).
La consagración es la honra y la hermosura que Dios nos da; es el llamado que Dios nos hace para servirle. Si nos gloriamos en algo, debemos gloriarnos en nuestro maravilloso Señor.

Que el Señor nos tenga a nosotros por siervos, no constituye ninguna maravilla; pero que nosotros tengamos un Señor como Él, ¡esto sí que es maravilloso! Debemos ver que la consagración es el resultado de haber sido escogidos, y que servir a Dios es un honor. No estamos exaltando a Dios si pensamos que estamos haciendo un sacrificio para Él, o si pudiéramos gloriarnos de nosotros mismos.

La consagración equivale a que Dios nos glorifica a nosotros. Debemos postrarnos ante Él y exclamar: “¡Gracias Señor porque tengo parte en Tu servicio! ¡Gracias porque entre tantas personas que hay en este mundo, me has escogido a mí para participar en Tu servicio!”.

La consagración es un honor, no un sacrificio. Es cierto que necesitamos sacrificarnos a lo sumo, pero al consagrarnos no lo sentimos como un sacrificio, sino que percibimos únicamente la gloria de Dios en plenitud.
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