Marcos 1:3 "Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; Enderezad sus sendas."
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Enseñanzas

¿Margaret MacDonald?

¿Quién?

Margaret MacDonald no es la madre del Rapto Pre Tribulacionista

Por Todd Strandberg

Traducido por: Donald Dolmus Jr.

He visitado casi cada sitio anti rapto en la Internet. Un punto en común en casi cada uno de estos sitios que se oponen a la doctrina de la pretribulación, es la afirmación de que la teoría del rapto fue iniciada por una chica escocesa llamada Margaret MacDonald. Muchos críticos del rapto, declaran que MacDonald recibió su visión de orígenes demoniacos y que luego ella transmitió el mensaje de esa visión para infectar la Iglesia. Dado que soy un pretribulacionista incondicional, estoy en desventaja para explicar la conexión entre Margaret MacDonald y mis creencias en el rapto. No puedo recordar haber escuchado alguna vez a un exponente profético pretribulacionista decir: “Creo en el rapto porque Margaret MacDonald me lo dijo”.

Después de leer y escuchar un número de sitios web, libros y programas de radio que promueven la idea de que Margaret MacDonald inició el pretribulacionismo, decidí investigar el asunto.

Para asegurarme de que no cometí ningún descuido, busqué en mi biblioteca de libros de profecía las referencias que citan a Margaret MacDonald como la fundadora de la enseñanza del rapto. Mi búsqueda resultó en vano. Fue como buscar por el personaje de caricatura “Dónde está Waldo”. Sólo que en este caso, no había Waldo qué encontrar.

Si MacDonald fue la fundadora del rapto pretribulacionista, como afirman la mayoría de los proponentes en contra del rapto, entonces alguien necesita explicar porqué los que creen en el rapto han fallado en darle el crédito. De la lectura de los escritos de los escritores anti-rapto, uno pensaría que nosotros los pre-tribulacionistas estaríamos reverenciando a MacDonald, así como los católicos adoran a María. Pero claramente, no lo hacemos. Los pretribulacionistas no andamos por ahí recitando: “Salve Margaret, llena de gracia, bendita tú entre los visionarios, ruega por nosotros los pecadores a la hora del rapto”. Si MacDonald fuera la fundadora de la doctrina del rapto, la falta de reconocimiento que los creyentes del rapto le damos sería comparable a que la moderna iglesia Mormona fallara en reconocer a José Smith como su fundador o como que si los Testigos de Jehová se negaran a identificar a Carlos Russell como el originador de ese grupo. Pobre Margaret MacDonald, se queda con toda la culpa, pero con nada del crédito.

Después de haber examinado las afirmaciones de aquellos críticos del rapto, he encontrado huecos tan enormes como para conducir un camión de basura a través de su supuesta evidencia:

El primer problema con el origen de Margaret MacDonald es el hecho de que ella no fue quien enseñó ampliamente la doctrina de un rapto antes de la tribulación. Muchos creen que un hombre llamado John Darby fue quien inició el interés moderno en el rapto. La pregunta aquí es ¿cómo oyó Darby de la visión de MacDonald? Proponentes como Dave MacPherson y John L. Bray nunca han sido capaces de demostrar que Darby alguna vez escuchó de MacDonald o de su visión.

El mismo Darby afirma que la revelación del rapto vino a él cuando se dio cuenta de la distinción entre Israel y la Iglesia.

Darby reportó que descubrió la enseñanza del rapto en 1827, tres años antes que MacDonald tuviera su visión.

Cuando uno examina cuidadosamente la visión de MacDonald, llega a estar claro que no podía ser una pretribulacional. MacDonald vio una “prueba ardiente para probarnos” y previó a la Iglesia siendo purgada por el Anticristo. Cualquier creyente del rapto pretribulación puede decirle que la Iglesia será removida antes de la venida del Anticristo. John Bray, un antiraptista, dijo que Margaret MacDonald estaba enseñando una sola venida de nuestro Señor Jesús. Esto contradice la doctrina actual del rapto que enseñan un evento de dos etapas: primero, Cristo viniendo por Su Iglesia y segundo, Su retorno a la tierra siete años más tarde. Con tantas contradicciones entre la visión de MacDonald con el pretribulacionismo actual, es muy difícil encontrar alguna relación.

Hasta ahora, el error más grande que han cometido los postribulacionistas en su ataque contra el rapto es afirmar que el rapto antes de la tribulación no había sido enseñado antes de 1830. De hecho, John L. Bray, un evangelista Bautista del Sur, ofreció US$500 a cualquiera que pudiera probar que alguien enseñó la doctrina del rapto antes de la visión de MacDonald de 1830. Primero se demostró que Bray estaba equivocado cuando escribió en un boletín de noticias: “Entonces mi propia investigación indicó que fue Emmanuel Lacunza, un sacerdote católico jesuita, que en su libro de 1812 La Venida del Mesías en Gloria y Majestad, el primero en enseñar esta teoría”. Bray tuvo que girar de nuevo su cuello cuando hizo otra oferta de US$500 a cualquiera que pudiera proveer una declaración documentada anterior a los escritos de Lacunza de 1812. Al parecer, tuvo que pagar los 500 billetes. Lo cito de nuevo: “Ofrecí US$500 a cualquiera que diera una declaración documentada antes del tiempo de Lacunza que enseñara una venida de Cristo de dos etapas, separadas por un periodo de tiempo indicado” Nadie aceptó esa oferta, hasta que alguien encontró escritos que forzaron a Bray a escribir lo siguiente: “Ahora tengo las copias fotostáticas de un libro publicado en 1788 en Filadelfia, Pensilvania pero escrito en 1742-1744 en Inglaterra, el cual enseñaba el rapto antes de la tribulación con anterioridad a Lacunza”. Últimamente, se han localizado un número de otras fuentes que enseñan el rapto pretribulacionista, algunos escritos desde el siglo segundo. ¿Dónde deja esto a Margaret MacDonald?

En mi vida aquí en la tierra, he hecho un número de observaciones que considero como verdades innegables. Una de éstas es el hecho de que la verdad sufrirá ataques sin que haya nadie que la defienda, mientras que a una mentira se le permitirá proliferar sin que nadie la desafíe. Esto parece haber ocurrido en el caso del rapto. Por muchos años se ha permitido que los antiraptistas ataquen libremente al pretribulacionismo. Un asaltante llamó al rapto la marca de la bestia, mientras que otro comentó que cuando Jesús vuelva en la batalla de Armagedón, peleará contra aquellos que creen en el rapto. Las personas que deberían haber estado contendiendo por el rapto, en su mayoría apenas han dicho, “Esa puede ser tu opinión”.

Parece que aquellos que se aferran a un rapto pretribulación finalmente están empezando a contradecir los cargos ridículos. Se han publicado un número de libros que citan varias fuentes anteriores a MacDonald que describen una Iglesia arrebatada. El autor Grant Jeffrey merece muchos elogios por su trabajo en descubrir varias de estas fuentes.

Mientras sea capaz de encontrar el rapto antes de la tribulación en la Biblia, no necesito ser un científico para descubrirlo. Localizar la doctrina del rapto en la Biblia fue tan sencillo para mí, como encontrar evidencia de que Jesús es el Mesías.

La evidencia de que los cristianos creían en el rapto mucho antes que MacDonald no parece haber penetrado en las mentes de aquellos opuestos al rapto. Ellos aún enseñan que ella es la fundadora del pretribulacionismo. Cuando a alguien se le presenta prueba contundente de que ella (o él) está equivocado y rechaza aceptar esa verdad, entonces podemos concluir con toda seguridad que ella (o él) está en tinieblas espirituales.

Quisiera concluir diciendo que ninguna evidencia apunta de alguna manera a MacDonald como la fuente del pretribulacionismo. Cada importante autor profético vivo hoy proclama a la Palabra de Dios como el fundamento para creer en el rapto. Tanto Jesús como el apóstol Pablo hicieron declaraciones que establecen claramente la doctrina del rapto. Jesús dijo en Mateo 25:13, “Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir”. Pablo afirmó en 1 Tesalonicenses 4:16-18: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras”.

CONFIAR O NO CONFIAR - Wayne Jacobsen

La Vida del Cuerpo - Archivo de Artículos anteriores - 1996

Por Wayne Jacobsen

Traducción- Claudia Juárez.

Sara y yo habíamos pasado casi una semana entre ellos. Fuimos invitados a enseñar y también fuimos aprendiendo a medida que observábamos la simplicidad de la comunión, la adoración y el crecimiento que este grupo de creyentes comparten juntos. Finalmente, a altas horas de una noche mientras estábamos sentados junto al fuego con algunas de las personas claves en el grupo logramos hacerles algunas preguntas sobre la vida que comparten juntos.

"¿Cómo enseñan a los creyentes a confiar los unos en los otros?", Preguntó Sara.

Por la reacción en sus rostros alrededor de la habitación, podrías haber pensado que lo que Sara había preguntado era si sacrificaban animales. Se miraron unos a otros y sacudían la cabeza como diciendo: "Realmente no lo entienden, ¿verdad?" Yo estaba sorprendido. Habíamos sido testigos de su honestidad, transparencia y servicio a los demás. Pensé que seguramente ellos trabajaban basados en la confianza mutua.

Uno de ellos finalmente habló: "¿En dónde la Palabra nos enseña a poner nuestra confianza en hombres?"

Empecé a sondear en las profundidades de mi mente buscando a través de cada Escritura que pudiera recordar. No pude encontrar ninguna Escritura para responder esta pregunta.

¿Cómo podía ser esto posible? Mucho de lo que había enseñado acerca del poder de la comunidad cristiana era ayudar a la gente a ver lo mucho que se necesitan los unos a otros y les había ayudado a construir el tipo de relaciones basadas en la confianza que les permitiera compartir la vida de Dios juntos. Pero supe, y muchos a los que había enseñado también lo sabían, que esta confianza siempre se rompe. Después de todo, somos gente imperfecta que comete errores, que nos fallamos el uno al otro, especialmente en los momentos críticos, es por esto que las iglesias a menudo dejan una estela de personas heridas.

Pero, ¿el cristianismo no es una comunidad basada en la confianza? He examinado esta cuestión frecuentemente desde este encuentro hace casi 8 meses. Nuestro último número de “La Vida del Cuerpo” trata de la confianza que podemos tener en el Padre a través de la fe que Jesús demostró en la cruz. Ahora, vamos a echar un vistazo a las implicaciones de la cruz (los logros de Cristo) en nuestras relaciones con otros creyentes.

¿Por qué Jesús no confiaba en la gente?

Esta es probablemente la pregunta más difícil que me han hecho mientras enseñaba en una en comunidad. "¿Por qué tenemos que confiar en los demás si Jesús no lo hizo?" Había pedido dos veces a dos de ellos refieran la misma Escritura:

Juan 2:24-25:

Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre.

En ambas ocasiones murmuré algo acerca de la sabiduría superior de Jesús y que nadie fue capaz de entender su muerte en la cruz hasta después de que esta había acontecido.

Pero incluso en el momento la pregunta me incomodó. Si Jesús no se fiaba de los hombres porque él sabía lo que estaba en ellos, ¿por qué nos lo pediría a nosotros? Sin embargo, los únicos modelos que conocía para la vida del cuerpo eran aquellos en los que la gente estaba intentando confiar en los demás.

No me detuve meditando el tema hasta darme cuenta de que esto también fue el común denominador en aquellos que habían sido profundamente heridos por sus experiencias pasadas en la iglesia. Ellos habían confiado en los demás sólo para ver que esto se volvía contra ellos dondequiera que sus luchas, necesidades o dones no se ajustaba al programa vigente.

Así que como creyentes, ¿confiamos o no confiamos los uno en otros?

Poniendo nuestros ojos en la Palabra

Hay tres conceptos que siguen surgiendo en la mayoría de las enseñanzas sobre la importancia de la vida en la iglesia: cometido (obligación), rendición de cuentas y confianza. Estos conceptos se utilizan en las iglesias para describir el tipo de vida que los hermanos y hermanas deberían compartir juntos. Había usado estas palabras a menudo para ayudar a la gente a ver el gran valor que la vida del cuerpo puede ser para ellos.

‘Cometido’ (obligación, compromiso) no se utiliza en absoluto en el Nuevo Testamento, aunque su raíz es ‘cometer'. Curiosamente es abrumadoramente usada para hablar de cometer pecado, como en cometer adulterio. Sólo en el Antiguo Testamento podemos encontrar referencias sobre cometer nuestros caminos al Señor. Dos referencias en el Nuevo Testamento describen a personas cometidas o comprometidas a la gracia de Dios. Todas estas referencias, sin embargo, están claramente dirigidas al Padre y Su obra, nada habla de estar cometido u obligado el uno con el otro o a la iglesia.

Del mismo modo, “rendir cuantas" en la Escritura sólo se dirige a Dios. No somos responsables de rendir cuentas a la iglesia local, a sus líderes o incluso a otros hermanos y hermanas. Pablo específicamente se exentó a sí mismo de tal pensamiento: “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo. Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor.” (I Corintios 4:3-4).

Aunque hay amplias referencias sobre confiar y creer a través de toda la Palabra, no pude encontrar una donde se nos anime a dejar que otro creyente sea el objeto de nuestra confianza. Se nos ha dicho que nos amemos unos a otros, que oremos los unos por otros, que sobrellevemos las cargas los unos de los otros, que nos perdonemos los unos a otros, que nos sirvamos los unos a otros, que nos estimulemos entre sí al amor y buenas acciones, que seamos amables los unos con otros y muchas otras cosas más, pero nunca se nos ha dicho que confiemos los unos en los otros. Todas las referencias sobre la confianza y la creencia se dirigen exclusivamente a Dios. Si Él es el único en quien toda nuestra confianza es depositada, ¿qué nos queda por dar a otro creyente?

Interesante ¿no? Conceptos que consideramos fundamentales en la construcción de la vida del cuerpo no son ni siquiera parte de la base que Jesús dio a la iglesia. De hecho, estos son los conceptos que históricamente la iglesia ha utilizado para obligar a las personas a que se unan a sus programas y agendas, afirmaciones como: "¿No confías en el liderazgo aquí?" "Si quieres crecer tienes que estar comprometido con lo que Dios está haciendo entre nosotros." "Tienes que estar conectado en algún lugar para que puedas rendir cuentas."

Jesús sólo nos dio dos mandamientos: Amar a Dios, y amarnos los unos a otros. Haciendo esto, vamos a cumplir con todas sus expectativas para nuestras vidas.

Conceptos de instituciones

Así que ¿por qué estos conceptos son tan comúnmente utilizados hoy en la iglesia? Estar cometidos, rendir cuentas y confiar, son conceptos que tienen que ver con las instituciones y son necesarias para la supervivencia de cualquier institución. Es lo que permite a las personas encontrar identidad y cooperación.

Lamentablemente muchas personas no tienen una distinción precisa en su mente acerca de la iglesia tal como Dios la ve y de las instituciones que han surgido alrededor de ella. Pensamos en ellas como la misma cosa.

Dios ve a una sola iglesia que abarca a cada creyente en todos los rincones del mundo. Él no ve sus fracasos institucionales o la debilidad de sus líderes o seguidores. Él ve a la iglesia con gran afecto, anhelo y pasión. Gene Edwards, autor de “El cuento de los Tres Reyes”, ha llamado a la iglesia: “La más bella dama en el mundo.” Me gusta mucho esta descripción pues entendiéndola bajo esta perspectiva nos impedirá ponernos cínicos y sarcásticos acerca de lo que Dios ama tanto.

Pero esto no es lo mismo que las organizaciones, los edificios y las reuniones que hoy llamamos "iglesia". Dondequiera que los creyentes se reúnen y buscan trabajar juntos como una institución esto surge a su alrededor. Esto es lo que permite a un grupo organizarse, recoger y gastar dinero y tomar decisiones. Los líderes son casi siempre seleccionados porque ofrecen ciertos "servicios" a los miembros. Eso ha sido una realidad por 1900 años y probablemente siga siendo cierto hasta la venida de Cristo.

Los hombres necesitan las instituciones para funcionar. Esas instituciones pueden ser buenas liberando la vida del Señor y el poder entre un grupo de personas o, pueden llegar a ser egoístas e interesadas buscando utilizar la institución como la extensión de sus necesidades de poder o los medios para su propia comodidad.

Si la historia de la iglesia nos enseña todo esto, lo que demuestra es que, si bien la institución que rodea a la iglesia a menudo ha sido de gran ayuda en la preservación de la historia, sirviendo necesidades, poniendo a prueba la ortodoxia y predicando el evangelio, sus actividades también con demasiada frecuencia dejan a la institución invadir la vida de Dios dentro de ella. Siempre puedes ver que la vida de Dios está siendo suplantada cuando en una iglesia hay batallas sobre 'lo correcto' en asuntos que no son esenciales en lugar de concentrarse en estar bien con los unos con los otros en el amor y el perdón.

La Iglesia renovada a menudo sólo permite que los creyentes redescubran lo que tenían en un principio, antes de que la institución la organizara para hacer su eficacia cada vez más nula. De esta forma, la iglesia a menudo se convierte en un substituto de una relación dinámica con el Padre en la vida de la gente. Sucede tan sutilmente que pocos son conscientes de ello. Estamos tan ocupados manteniendo el programa y buscando necesidades, que nos adaptamos a una vida disminuida y diluida del Espíritu mientras crece la institución. Cuando esto ocurre, se hace énfasis en ser cometidos y en la rendición de cuentas.

La Comunidad del Padre

Nuestros intentos de hacer de otros creyentes, o peor aún, de una institución llamada iglesia el objeto de nuestra confianza, de nuestro cometido o pensar que es a ella a quién debemos dar cuentas, es colocarla en el papel o función que se ha reservado sólo para el Padre. Eso suena peligroso, ¿no es así? Dios nos ha invitado a algo muchísimo mejor.

Desde los albores de la creación hasta la muerte de Jesús en la cruz, el plan del Padre ha sido siempre invitarnos a la plenitud de una relación con Él mismo.

Esto es lo que despierta el hambre en los corazones de las personas que desean conocer al Padre. No es necesariamente toda la parafernalia de la vida de la iglesia de hoy, sino el conocer a nuestro Dios y a Jesús, y poder compartir este camino con compañeros de viaje que están aprendiendo a seguir al Señor.

Esta es la conexión que Jesús estaba haciendo con sus discípulos en la última cena en Juan capítulos 14-17. Él quiso transferir la amistad que tenía con ellos para el Padre y consigo mismo al otro lado de la resurrección. “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros.” (Juan 17:21)

Exactamente de la misma forma en que el Padre y Su Hijo compartieron la vida y el amor, él quería compartirlos con ellos también. Llegamos a experimentar esa vida y ese amor, compartiendo el gozo y la sabiduría. Jesús identificó a esa comunidad como la base por la cual los creyentes pueden encontrar su unidad y su capacidad para demostrar Su gloria al mundo. La vida de Dios no prospera en nuestra confianza en los demás, sino en nuestra fe en el Padre. La antigua manera nos deja dolor y amargura cuando fallamos. La segunda forma nos permitirá conocer a Dios en una plenitud cada vez mayor y, conmovidos por ella será imposible contener Su vida y Su amor.

La Vida del Cuerpo al estilo del Padre

Casi sin proponérnoslo el amor del Padre en nosotros se derramará provocando que los creyentes se amen los unos a los otros, que oren los unos por los otros, que se perdonen los unos a los otros, que tengan una nueva percepción, brindando dinero, ayuda y cualquier otra necesidad que otros pudieran tener.

Sólo en esa plenitud y en nuestra confianza en Dios para suplir nuestras necesidades vamos a poder compartir sin ningún tipo de expectativa a que nos correspondan o nos veremos sin ningún deseo de manipularlos para obtener una respuesta de ellos. Esta es la esencia de la comunión de los creyentes que libremente se aman unos a otros, sin embargo podemos ayudar, pero sin ningún tipo de coacción para conseguir que otros hagan las cosas a nuestra manera.

Trataremos este tema de nuevo en una edición futura, porque es muy importante. Fíjate que no he dado ninguna corrección institucional aquí. Lo que quiero que medites y consideres no es la estructura a la que asistes, sino tus relaciones con otros creyentes. ¿Estás tratando de confiar en ellos o demandando de ellos su confianza? Si es así, saldrás herido, porque vamos a fallarnos los unos a otros por nuestra propia carne, e incluso en momentos en que no entendemos la obediencia de otras personas al Padre.

Si tú has sido herido por esta razón, permítele al Padre sanar tu vida. Tu dolor, sólo da testimonio de que tu confianza está fuera de lugar y, si te mantienes de esta manera, esto te impedirá encontrar la libertad para experimentar la vida de Dios y compartirla con otros.

Entonces, ¿Cómo podríamos definir nuestras relaciones con otros? Un hombre en Australia lo expresó muy bien: "Podríamos definirlo así, Wayne: en mi relación contigo ya no quiero que confíes más en mí, quiero ayudarte a confiar en el Padre como nunca antes. Si tú haces lo mismo conmigo, entonces estamos compartiendo comunión. Si yo lo estoy haciendo y tú no, entonces te ministraré o serviré, lo cual es un privilegio y gozo. Pero yo no estoy siendo engañado porque confío en el Padre para todo lo que necesito. "

¿Acaso esto no tiene sentido? ¿Y no es liberador?
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Jesucristo Vuelve! ¿estas listo?